Hablando de nuestro Rey

Y cuando la reina de Sabá vio toda la sabiduría de Salomón, y la casa que había edificado, asimismo la comida de su mesa, las habitaciones de sus oficiales, el estado y los vestidos de los que le servían, sus maestresalas, y sus holocaustos que ofrecía en la casa de Jehová, se quedó asombrada. Y dijo al rey: Verdad es lo que oí en mi tierra de tus cosas y de tu sabiduría; pero yo no lo creía, hasta que he venido, y mis ojos han visto que ni aun se me dijo la mitad; es mayor tu sabiduría y bien, que la fama que yo había oído. Bienaventurados tus hombres, dichosos estos tus siervos, que están continuamente delante de ti, y oyen tu sabiduría. Jehová tu Dios sea bendito, que se agradó de ti para ponerte en el trono de Israel; porque Jehová ha amado siempre a Israel, te ha puesto por rey, para que hagas derecho y justicia.” 1 Reyes 10:4-9

Si pensamos en nuestro Rey, Jesucristo, no tenemos palabras que le puedan describir con total exactitud. Pero no estamos llamados a dar un retrato exhaustivo de Cristo sino apuntar a la persona misma de Cristo. Estoy consciente que las cosas más asombrosas que he experimentado nunca he sido capaz de expresarlas con la fluidez con la que hablo de las trivialidades diarias. Ayer mirando por la ventana de mi sala de clases observé un colibrí, algo muy poco común (¡ni si quiera sabía que habían en Santiago!) y cuando le dije a mi compañero que lo mirara, no tenía cómo expresarle mi sorpresa, cuán maravillado estaba por aquella criatura la cual me deleitaba con sorprendente vuelvo, ¡qué precioso era! Me imagino algo similar, una persona diciendo de Salomón: “¡Ah! el rey Salomón es.. cómo puedo decirlo.. ajjj, no sé, realmente es.. no sé, él es muy sabio pero no como otros.. es como.. ¡no sé cómo explicarlo!” podríamos decir ¡qué torpe descripción! Puede que pensemos que nuestras palabras son torpes y nunca honrarían a un Rey mucho más maravilloso como Jesucristo, pero aquí vemos que la reina de Sabá vino a visitar a Salomón a causa de estos comentarios y murmullos.

Alguien dijo una vez que nunca se puede hablar tan bien de Dios de modo que se exagere, podríamos escribir la alabanza más sublime y majestuosa, llenarla de la poesía y descripción más brillante, podríamos acumular las palabras hasta el cielo y aún no habríamos exagerado para ensalzar la gloria y belleza de nuestro Dios. Eso debería animarnos, ya que nunca exageraremos si exaltamos a Dios delante de otros, nunca mentiremos si anunciamos las virtudes de Aquel que nos llamó.

Dejemos que nuestras torpes bocas sean guiadas por el Espíritu Santo para hablar del maravilloso Rey del universo, al Señor le plació que su maravilloso Evangelio estuviera en vasos de barro como nosotros. No tengamos miedo de hablar de lo que hemos creído, de nuestra gloriosa esperanza. ¡Así las personas un día llegarán ante nuestro Rey y dirán: “mis ojos han visto que ni aun se me dijo la mitad”.

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