En Jesús hay un nuevo comienzo

A estas horas de la noche quiero tomarme un momento para alabar a Dios por su gran misericordia. Hoy tuve un día muy especial y alentador, muy edificante porque Dios me hizo recordar todo lo que fui y lo que hoy sería sin Él.

Muchas veces, cuando hablamos de lo que Cristo hace en nuestras vidas, nos referimos a lo que Él promete con una desconexión de los cumplimientos a esas promesas o con una falta de pasión que pareciera indicar que sólo existiera la teoría del asunto. Mencionamos el poder de Dios pero inmediatamente le reducimos y no le reconocemos actuando de manera poderosa en toda área de nuestra vida. A pesar de nuestra falta de compresión, la vida que hay en Cristo no es un cliché o una fantasía que suene linda sino precisamente una de las obras más impresionantes que podríamos experimentar, la de nacer de nuevo, la de ser regenerados por Dios.

Hoy pensé mucho en lo que Dios ha hecho en mi, por mi y conmigo. No soy nada especial, eso se puede reconocer a simple vista. Tengo debilidades, flaquezas, tentaciones y pasiones como cualquiera, pero hoy mirando hacia atrás me di cuenta que mi corazón ya no es igual y nunca será lo que alguna vez fue. Hoy amo la santidad de Dios aunque reconozco que cada día que pasa noto más el pecado que habita en mi. Pero a pesar de mi hay algo en mi que puedo reconocer con absoluta sinceridad que no viene de mi. El deseo por buscar a Dios, apartarme del pecado, anhelar y confiar en su Palabra, nada de eso vino de mi, yo soy absolutamente un receptor de todas estas maravillosas gracias.

Oh, Señor, hoy me di cuenta que antes no veía pero ahora veo y te encargaste de poner el Nombre de tu Hijo en mi corazón cuando pregunté quién había hecho el cambio en mi.

Hoy lloro de felicidad, el Salvador murió por mi y resucitó triunfante sobre todos mis enemigos, me libró del poder del pecado y su esclavitud, de Satanás y su tiranía. Hoy mi nombre está escrito en el cielo sólo por la gracia de Dios. Porque Cristo vino a salvar lo que se había perdido y yo me reconozco hoy en esa lista. El perdón de los pecados viene gratuitamente por la fe en Jesús, sea a quien sea, no importa qué haya hecho ni de donde venga. Hay una Salvador tan pero tan grande, sublime y triunfante que puede salvar al peor de los pecadores.

Gracias Dios, hoy te alabo porque me cambiaste, a pesar de haber vivido toda mi vida en un ambiente cristiano, puedo ver que no eras una mera excusa en la mente de nadie, porque el conocerte es un privilegio que Tú por tu gracia otorgas y no algo que hacemos en nuestra religiosidad natural.

Tú cambias el corazón hoy, en pleno siglo XXI, porque tu eres el Rey de la historia, quien tiene en su boca el poder para dar vida a los muertos.

Alabado seas, Señor, nuestras vidas quedan rendidas a tus pies clamando por humildad y tu preciosa dirección.

¡Le veremos!

Seguimos a Cristo por la fe, ponemos en Él nuestra esperanza y le amamos sin haberle visto… ¡sin haberle visto!. A ratos me viene una curiosidad tremenda de saber qué sucederá en mi corazón cuando por fin le vea. ¿Veré algo que no imaginaba, de lo cual no tenía noción? ¿Le reconoceré inmediatamente? ¿Te has preguntado algo así alguna vez? Lee conmigo este verso:

“En aquel día se dirá: «¡Sí, éste es nuestro Dios; en él confiamos, y él nos salvó! ¡Éste es el Señor, en él hemos confiado; regocijémonos y alegrémonos en su salvación!»” Isaías 25:9

¿Lo notaste? Aquel día cuando le veamos diremos con asombro: “¡¡¡Sí, éste es nuestro Dios!!! ¡¡¡Éste es el Señor!!!”. No veremos algo que nos resulte extraño ni poco familiar, sino que tendremos profunda certeza de lo que veremos. Qué tremendo es pensar que cuando le veamos le reconoceremos. Así como reconocemos el rostro de un ser querido y nos sobrecoge la emoción así será aquel día. Nuestra alma no tendrá duda, diremos “Sí, precisamente en Él confiamos ¡¡Él nos salvó!!”.

Que hoy caminemos por fe y no por vista no quiere decir que nunca veremos aquello que esperamos. Precisamente eso significa la esperanza, creer la promesa de que un día todo se hará patente. Nuestra esperanza no es etérea, verdaderamente un día recibiremos lo que esperamos, a nuestro Señor Jesucristo. Tu fe en el Invisible no es insignificante, más bien trae consigo un tremendo peso de gloria pues algún día se manifestará realmente a Aquel que esperaste. Como dijo Agustín: “fe es creer en lo que no se ve, y la recompensa es ver lo que uno cree.”

Hay un tremendo motivo para aguardar con paciencia la promesa de nuestro Señor, esto es: ver a nuestro Redentor, sabiendo que Él “enjugará las lágrimas de todo rostro” (Is 25:8).

Sigue tu carrera, por la fe, querido amigo y peregrino. Si agotado estás, recuerda que el rostro de nuestro Señor nos espera al final de este camino y sus brazos abiertos nos esperan para recibirnos en la gloria eterna.

“Sí, en ti esperamos, Señor,
y en la senda de tus juicios;
tu nombre y tu memoria
 son el deseo de nuestra vida.”

Isaías 26:8

Náuseas frente a parapsicólogos

Heridos, verdaderamente estamos,

y nos rodean diciéndonos lo que necesitamos,

las soluciones nos provocan hemorragias,

nos dicen “paz” mientras nos devoran las ansias.

Prosperidad a cambio de cortarnos las manos

y la gran paradoja: todos dicen estar sanos.