¡Le veremos!

Seguimos a Cristo por la fe, ponemos en Él nuestra esperanza y le amamos sin haberle visto… ¡sin haberle visto!. A ratos me viene una curiosidad tremenda de saber qué sucederá en mi corazón cuando por fin le vea. ¿Veré algo que no imaginaba, de lo cual no tenía noción? ¿Le reconoceré inmediatamente? ¿Te has preguntado algo así alguna vez? Lee conmigo este verso:

“En aquel día se dirá: «¡Sí, éste es nuestro Dios; en él confiamos, y él nos salvó! ¡Éste es el Señor, en él hemos confiado; regocijémonos y alegrémonos en su salvación!»” Isaías 25:9

¿Lo notaste? Aquel día cuando le veamos diremos con asombro: “¡¡¡Sí, éste es nuestro Dios!!! ¡¡¡Éste es el Señor!!!”. No veremos algo que nos resulte extraño ni poco familiar, sino que tendremos profunda certeza de lo que veremos. Qué tremendo es pensar que cuando le veamos le reconoceremos. Así como reconocemos el rostro de un ser querido y nos sobrecoge la emoción así será aquel día. Nuestra alma no tendrá duda, diremos “Sí, precisamente en Él confiamos ¡¡Él nos salvó!!”.

Que hoy caminemos por fe y no por vista no quiere decir que nunca veremos aquello que esperamos. Precisamente eso significa la esperanza, creer la promesa de que un día todo se hará patente. Nuestra esperanza no es etérea, verdaderamente un día recibiremos lo que esperamos, a nuestro Señor Jesucristo. Tu fe en el Invisible no es insignificante, más bien trae consigo un tremendo peso de gloria pues algún día se manifestará realmente a Aquel que esperaste. Como dijo Agustín: “fe es creer en lo que no se ve, y la recompensa es ver lo que uno cree.”

Hay un tremendo motivo para aguardar con paciencia la promesa de nuestro Señor, esto es: ver a nuestro Redentor, sabiendo que Él “enjugará las lágrimas de todo rostro” (Is 25:8).

Sigue tu carrera, por la fe, querido amigo y peregrino. Si agotado estás, recuerda que el rostro de nuestro Señor nos espera al final de este camino y sus brazos abiertos nos esperan para recibirnos en la gloria eterna.

“Sí, en ti esperamos, Señor,
y en la senda de tus juicios;
tu nombre y tu memoria
 son el deseo de nuestra vida.”

Isaías 26:8

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